¿Realmente podemos comparar jornadas laborales entre países sin comparar también sus culturas, economías, ciudades y formas de entender el tiempo?
En A Coruña hubo algo que particularmente llamó mi atención. La ciudad cambia conforme avanza el día. Se trabaja por la mañana, pero también existe un momento para detenerse. Por la tarde aparecen la playa, los cafés, las terrazas, las conversaciones. La cena llega con horario lo no acostumbrado en México y el espacio público forma parte de la vida cotidiana. El domingo, además, se siente domingo. Gran parte de la actividad comercial se detiene. Algunos restaurantes y actividades recreativas permanecen, pero la dinámica productiva disminuye considerablemente. Incluso ciertos servicios reducen sus horarios. Y algunos establecimientos que trabajan el domingo descansan otro día de la semana.
No pretendo idealizar Europa ni afirmar que una experiencia personal permita describir a toda España.
Mi reflexión es otra:
“El descanso también es cultural”
Y precisamente por eso me preocupa que al discutir la reducción de la jornada laboral en México recurramos constantemente a comparaciones internacionales basadas casi exclusivamente en el número de horas trabajadas.
México también tiene una historia del trabajo
Somos un país construido por trabajadores, obreros, mineros, campesinos, jornaleros, comerciantes, trabajadores de servicios, trabajadores fronterizos y millones de personas que durante generaciones han aprendido que trabajar no solamente significa realización profesional: Muchas veces significa supervivencia. Esa historia impacta.
También importa nuestra cercanía económica y cultural con Estados Unidos: consumo acelerado, comida rápida, grandes superficies comerciales, disponibilidad permanente de servicios y una economía que, en muchas ciudades, parece no detenerse nunca. Por eso reducir la jornada laboral mexicana no significa simplemente trasladar una experiencia europea a nuestro orden jurídico.
Significa preguntarnos qué condiciones existen en México para transformar las horas liberadas del trabajo en bienestar.
La reforma estableció una transición gradual: 48 horas semanales en 2026; 46 en 2027; 44 en 2028; 42 en 2029 y finalmente 40 horas en 2030. Además, la reducción no podrá implicar disminución de salarios o prestaciones. Es indudablemente una conquista laboral. Pero precisamente porque su propósito es mejorar la calidad de vida debemos formular la siguiente pregunta:
¿Qué hará una persona trabajadora mexicana con esas primeras dos horas semanales liberadas en 2027?
¿Descansará?, ¿Estará con sus hijos?, ¿Hará ejercicio?, ¿Leerá?, ¿Asistirá a un museo, parque, biblioteca, concierto o actividad cultural?, ¿Dormirá más?, ¿O buscará otro empleo para complementar sus ingresos? La pregunta no es menor.
En mayo de 2026, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI, la taza de informalidad laboral se ubicó en 55.2% de la población ocupada. En el mismo periodo la tasa de subocupación fue de 7.0%, es decir, personas ocupadas que buscaban ofrecer una mayor cantidad de tiempo de trabajo en su ocupación actual o conseguir un empleo adicional.
Ahí aparece una primera diferencia fundamental frente a muchas de las experiencias internacionales que utilizamos como referencia. No todas las personas pueden tener el privilegio de convertir inmediatamente menos trabajo en más ocio. Para muchas familias mexicanas, el tiempo también tiene valor económico sobre todo cuando representaban hasta tiempo extraodinario.
El derecho al descanso necesita condiciones materiales
Nuestra propia Constitución ofrece una pista.
El artículo 123 establece que los salarios mínimos deben ser suficientes para satisfacer las necesidades normales de una familia en el orden material, social y cultural y para proveer a la educación obligatoria de los hijos. Me parece extraordinariamente importante recuperar esas palabras:
Material, social y cultural.
Porque trabajo digno no significa únicamente tener empleo. Tampoco significa únicamente trabajar menos. Significa tener condiciones económicas y sociales que permitan que el tiempo fuera del trabajo pueda verdaderamente convertirse en vida. Y aquí la reducción de jornada deja de ser exclusivamente una discusión de Derecho del Trabajo para convertirse también en una discusión sobre políticas públicas.
Necesitamos ciudades en las que sea posible descansar. Necesitamos parques seguros, deporte accesible, bibliotecas publicas, centros comunitarios, actividades culturales, transporte público, programas familiares y espacios recreativos. Necesitamos educación para el uso saludable del tiempo libre. Necesitamos también políticas de prevención de violencia.
No podemos asumir automáticamente que permanecer más tiempo en casa significa mayor bienestar. La Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2021, elaborada por el INEGI, estimó que 11.4 % de las mujeres de 15 años y más experimentó violencia en el ámbito familiar durante los 12 meses previos al levantamiento de la encuesta. El hogar debe convertirse en un espacio de convivencia, corresponsabilidad y cuidado para que el tiempo familiar sea efectivamente parte del bienestar. La misma encuesta estimó que, de un total de 50.5 millones de mujeres de 15 años y más, 70.1 % había experimentado al menos una situación de violencia a lo largo de su vida.
También debemos hablar de quienes generan empleo
Ponderar los derechos de las personas trabajadoras no significa ignorar la estructura empresarial mexicana. BBVA Bancomer arrojo un dato interesante en Mexico asegurando que el 95% son micro empresas y 4% pequeñas empresas, lo que resulta un punto importate para aterizar, ya que la transición de la reduccion de jornada tampoco puede limitarse a ordenar: “produzcan lo mismo trabajando menos”, ya que representan el 50% del producto interno bruto del pais y el 70% de la fuerza laboral.
Habrá sectores capaces de reorganizar procesos, digitalizar actividades y elevar productividad. Otros requerirán contratar personal, modificar turnos, capacitar trabajadores o asumir costos adicionales que si pueden poner en riesgo la estabilidad de las fuentes de trabajo si no existen estimulos que garanticen su permanencia.
Una política laboral transformadora debería acompañar también esa transición. El Estado debe preguntarse cómo apoyar especialmente a micro y pequeñas empresas para reorganizar sus procesos sin trasladar el costo a las personas trabajadoras, pero también sin comprometer la supervivencia de las unidades económicas que generan esos empleos.
La experiencia comparada necesita contexto
En algunas sociedades de Europa han atravesado guerras, reconstrucciones, crisis, hambrunas y transformaciones sociales que han incidido profundamente en sus hábitos de consumo, ahorro, alimentación y convivencia. América Latina tiene su propia historia. México tiene la suya.
Por eso el Derecho comparado resulta extraordinariamente útil siempre que no confundamos comparar con copiar. Podemos estudiar España, Francia, Alemania, Chile, Colombia o Argentina, como actualmente lo hace la Organizacion Internancional del Trabajo, podemos conocer cuántas horas trabajan, cuánto descansan y qué resultados han obtenido.
Pero después tenemos que regresar a nuestra realidad. A nuestra informalidad, nuestros salarios, nuestras empresas, nuestras ciudades, nuestra desigualdad, nuestras familias a nuestra cultura de servicio 24/7 y como se presta el trabajo.
La verdadera reforma comienza cuando termina la jornada laboral.
Estoy convencida de que avanzar hacia una jornada de 40 horas constituye una oportunidad histórica para México. Pero quizá estamos concentrando demasiado la discusión en cuántas horas dejaremos de trabajar y muy poco en qué condiciones necesitamos crear para vivirlas mejor. Si el objetivo legislativo y laboral es avanzar hacia el trabajo digno y decente, entonces el éxito de la reforma no podrá medirse solamente revisando registros electrónicos de asistencia.
Tendremos que preguntarnos si mejoró la salud, si disminuyó el estrés, si aumentó la convivencia familiar, si las personas realizaron actividad física, si accedieron a actividades culturales, si descansaron, si mejoró su productividad, si tuvieron necesidad de conseguir un segundo empleo y si las empresas lograron adaptarse sin desaparecer o trasladarse hacia la informalidad.
Porque reducir la jornada no debería significar únicamente trabajar dos horas menos. Debería significar recuperar dos horas de vida. Y para que eso ocurra no basta reformar la Constitución o la Ley Federal del Trabajo, necesitamos construir las condiciones económicas, culturales, educativas, urbanas y sociales para que esas horas puedan convertirse verdaderamente en bienestar.
Quizá esa sea la pregunta que deberíamos comenzar a hacernos desde ahora:
México, ¿qué vamos a hacer con nuestras primeras dos horas de libertad en 2027?
MTRA. LUCIA CELESTE CASTRO HERRERA
DIRECTORA, SOLUCIONES LABORALES TJ
